En muchos países, y el Perú no es la excepción, la gente termina obligada a escoger entre dos opciones que no representan un verdadero cambio. Esa sensación de que lo que se vote es “más de lo mismo” no es casual: durante décadas, partidos débiles, congresos improvisados y reformas mal planteadas han vaciado de contenido a la democracia. En nuestro país, estamos acostumbrados a que todo siga igual, a que nada cambie, a ver cómo una clase política mediocre y un sistema electoral roto generan un desastre tras otro. Pero claro, el sol es estable, aunque la flotación sucia sea el instrumento con el que se sostiene la economía.
A nivel mundial, la autodenominada “derecha” ha sabido aprovechar el populismo para capitalizar el descontento que provoca una inflación constante, producto de un sistema económico que convirtió la moneda en un bien tan volátil que ya no asegura nada. La pandemia, la guerra en Ucrania y otros golpes globales han reforzado la idea de que el capitalismo más salvaje es la única salida, aunque esa salida deje a millones atrás.
En el Perú, todo esto resuena con fuerza porque cargamos una herida que nunca cerró: el terrorismo. Su ideología impregnó a la política nacional, manchando para siempre a los grupos vinculados con la izquierda. Como respuesta, el fujimorismo —o lo que queda de él— también fue cargado de culpas, algunas reales y otras exageradas, en un juego de ataques que solo divide más a los ciudadanos. Aquí, la memoria se usa como arma, no como aprendizaje.
A esto se suma el eterno problema de la centralización. La capital, diseñada para un 10 % de la población actual, está saturada, desconectada de la peruanidad más profunda y contaminada por ideologías importadas. Esa desconexión se traduce en un amor superficial por lo propio: la moneda, la comida, una medalla pasajera o un triunfo deportivo aislado. Nada de eso construye identidad. Apenas la maquilla.
Si queremos recuperarnos como país, primero tenemos que ser país. Y eso implica dejar prácticas que nos destruyen: la viveza, el pisar al otro, el querer ser “el más pendejo” como si eso fuera un mérito. Esa mentalidad nos está llevando directo a convertirnos en una sociedad de imbéciles representada por políticos igual de imbéciles, que no piensan en el bien común sino en el beneficio del grupo que los sostiene. Porque, seamos honestos, los que realmente mueven los hilos nunca aparecen en la foto y casi siempre quedan impunes.
Mientras tanto, asuntos graves, como lo ocurrido en el Mall Trujillo, quedan relegados a un segundo plano. La prensa, debilitada y con un precio demasiado bajo, ya no es ese poder capaz de fiscalizar, sino un actor más del mercado. Cuando todo se vende, hasta la verdad se vuelve barata.
No podemos seguir creyendo que la libertad se conquista solo con discursos o slogans vacíos. No saldremos del pozo en el que estamos mientras la desigualdad siga creciendo y la criminalidad aumente como consecuencia directa. No podemos permitir que la información que provenga de un lado o del otro siga dividiéndonos como si fuéramos rivales y no compatriotas.
El Perú necesita, de una vez, una unión verdadera. Una unión que no dependa de un partido ni de un caudillo, sino del reconocimiento de que sin un proyecto común no hay futuro posible. Solo así podremos aspirar a un país promisorio y no a este eterno país en pausa en el que vivimos.


